El Viaje de Gayo Itálico. Libro I: El Collar de Fascino, describe con suma precisión una fiesta olvidada en Hispalis. Como en toda novela de ficción histórica, hay partes reales y otras sencillamente plausibles. En los siguientes posts contaré qué sabemos en realidad de aquella fiesta precursora de la Semana Santa, cuyas procesiones tanto fervor despiertan en la capital hispalense.

La parte original de la historia cuenta que en Hispalis se celebraba con mucho fervor la procesión de las Adonías, la cual era una procesión de mujeres, que acompañaban el betilo petreo de Adonis, vestidas de luto y representando el lamento y dolor de Afrodita. Al igual que en las actuales procesiones de Sevilla, se llora y «celebra» la muerte de Dios, pero la protagonista de cada procesión es su Virgen respectiva. Según su tradición las adonías iban incorporando mujeres a la procesión a su paso por las calles de Hispalis y vendían o repartían unas tortas de harina. Imagino que esas tortas serían semejantes a los mostachones (mustaceum), hoy día aún populares en Utrera, provincia de Sevilla, pues eran las tortas típicas de las bodas y simboliyaban el amor de los amantes. En ello estaban cuando pasando por una plaza el betilo se detuvo delante de un puesto de cerámicas que estaba atendido por Justa y Rufina, que al parecer eran cristianas devotas y muchachas de clase medianamente acomodada. El caso es que en aquella ocasión, ni tortas ni tortos, las alfareras no estaban dispuestas a dar un donativo a lo que ellas consideraban «un culto pagano» ni mucho menos se iban a sumar a la procesión. No se sabe bien qué ocurrió, pero parece ser que hubo discusión, hubo pelea, hubo vajillas rotas y finalmente ocurrió algo inaudito: en mitad del altercado, el betilo, ese gran falo sagrado, acabó por los suelos.
La parte de la historia que continúan narrando los martirologios es repetitiva y por tanto no se puede creer como histórica: acaban en la cárcel, el procurador quiere que abjuren de Cristo, ellas se niegan y comienza la retahila de crueldades, como la del típico león que no se come a una de ellas y se deja acariciar, el potro medieval que nunca tuvieron los romanos y otras historias típicas. Aunque incluye un par de interesantes revelaciones, a una de ellas la hacen caminar descalza hasta Sierra Morena y la arrojan a un pozo. Digo que es una interesante revelación, porque la peregrinación a Sierra Morena era seguramente la marcha que hacían las cofrades y donde probablemente guardaban el betilo en una cueva (el interior de la cueva simboliza «el pozo» donde es arrojada la santa) y desde aquel santuario de la sierra lo debían traer en procesión a la ciudad en el tiempo de las fiestas. El hecho de obligarla a hacer el camino descalza me recuerda a la penitencia clásica de los nazarenos en Semana Santa. Por tanto, esa parte del martirio me parece que está describiendo en realidad una secuencia más del rito de las adonías.

Lo más probable es que las muchachas murieran ahí mismo, en la refriega. Linchadas por las adonías que habían visto caer derribado el enorme falo de piedra contra el suelo. A saber si es el mismo betilo que se encuentra en Torreparedones, en la provincia de Córdoba, en un santuario dedicado a la Diosa Celeste, pero sin duda sería uno muy similar. El culto a los betilos estaba muy arraigado en Hispania antes de que llegaran los romanos. Los museos están llenos de ellos, de todos los tamaños, con la misma forma.
La comunidad cristiana de hispania se apresuró a solicitar hacerlas mártires, pero los patriarcas de la iglesia se negaron. Unos años después se organizó en Hispania el Concilio de Evora por el que se concluyó que, en virtud de la ley romana de la tolerancia religiosa, las muchachas no podían ser declaradas mártires, pues habían atacado un símbolo religioso, lo que da idea la importancia que daba Hispalis a la procesión de las adonías. Hubo que esperar a la conquista islámica para que su figura fuera reivindicada y se convirtieran en las patronas de la ciudad.

